HISTORIA DE LA TELEVISIÓN

junio 4, 2006 at 9:18 pm (Historia de la televisión)

            La televisión en Quito (1954), el Ing. Hartwell encuentra un equipo viejo abandonado en las bodegas de

la General Electric, en Siracusa, New Cork. Lo repara pacientemente en el garaje de su casa hasta el 11 de julio de 1959, cuando los equipos llegan a Quito para “convertir a los nativos”, asombrados ante esta nueva tecnología. Quito aún recorrido por la pastoral del Cardenal de
la Torre sobre el cine, había escrito textualmente: “..O si preferís, se ha convertido el cine en escuela de crímenes, en inmunda pocilga de lujuria, en donde almas inmortales se sustentan con alimentos de cerdos; y en tormentoso yunque, en donde la naturaleza humana, a los golpes de sombras, tan destituidas de realidad en sí mismas como en lo que representan, se deforma y pierda su hermosura”.

La televisión pasa a manos de los protestantes. En agosto de 1959 se celebraba el sesquicentenario de

la Independencia. La UNP lleva los equipos de
la HCJB a una gran feria celebrada en los jardines del Colegio Americano, para que los quiteños pudieran ver televisión en blanco y negro.

En 1960, el Canal 4 obtuvo permiso para operar, de esta manera nació la televisión en Ecuador llena de bendiciones que la convierten milagrosamente aburrida. La primera empresa comercial fue la compañía ecuatoriana de Televisión, formada por Jaime Nebot Velasco, José Rosenbaum y la publicidad “palacios”. La televisión llega al puerto gracias a la feria de octubre de Guayaquil, y tras un convenio con
la Casa de
la Cultura se instaló la antena. La prensa de la época celebra esta noticia con la misma euforia que la llegada del primer avión.

La televisión nace bajo el modelo norteamericano, era privada pero el estado desde entonces hasta hoy, dueño de las frecuencias, se reservaba el derecho de concederlas y esta ofrecería espacios, para programas estatales de educación y salud.

Hacia 1960, un número 6 se situaba sobre un viejo tejado de hacienda en el Itchimbía y un número 4 brillaba sobre el cerro de El Carmen, en Guayaquil, y tras este esfuerzo estaba Presley Norton.

Los 60 marcan en Ecuador un notable desarrollo de la televisión, Canal 2 en Guayaquil, Canal 8 en Quito, Telecentro, Canal 4; y en cuanto a hombres destacan Alvarado Roca, Ismael Pérez. Jorge Mantilla Ortega, Luis Hanna, Leonardo Ponce, Marcel Rivas, Antonio Granda Centeno, Gerardo y Patricio Berborich.

Comparando la programación de la época se observa que su estructura profunda no ha variado, la producción nacional como hoy es escasa, bastante ingenua y casta. Sin duda, mayor autocensura.

Y así entra la televisión a formar parte de la impresionante red de comunicación de un país pequeño como el nuestro; junto con la prensa y la radio comienza a cubrir prácticamente todo el territorio nacional. Los niños nacen arrullados por la televisión, quizá nodriza de su soledad. La cultura se vuelve urbana. El país se electrifica y hoy la televisión forma parte, como el perrito atado a la cerca, también del Ecuador rural, multiétnico y pluricultural. La generación mía, todavía del tiempo más lento, no ha perdido la capacidad de asombrarse. Y aunque en nuestras aulas universitarias disparemos nuestro pensamiento cítrico, es mejor “estar de a buenas” con la televisión. Actualmente, existen 20 estaciones de televisión, entre regionales y nacionales, articuladas al mundo globalizado. Dos compañías operadoras de cable tienen 150.000 suscriptores en las ciudades más importantes, y ya empieza a venderse en círculos exclusivos una tercera de alta tecnología: del satélite al televisor doméstico. Una oferta de 46 canales por cable y luego, la tlevisión interactiva: ese computador-televisión articulado a Internet, al ciberespacio, al banco, al supermercado y que permitirá elegir la programación. Y toda esa tecnología también en los videojuegos de las esquinas de barrio y no únicamente de aquellos que poseen tendido de fibra óptica.

La televisión en Ecuador avanzará indudablemente al ritmo de la globalización. Mantener la lucidez y la capacidad de ofrecer a la televisión discursos desde el derecho, la ética, la política, el Estado, la sociedad y los individuos y exigirle que los incorpore en su quehacer, es acercarla a lo real y sacarla del peligro de convertirse en su propio simulacro.

 

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